sábado, 15 de septiembre de 2007

En el nombre de Dios

Nabil se hace llamar de otro modo, pero eso da igual. Es irrelevante, porque no pretende pasar por otro ni tampoco camuflarse. No se sabe porque cambia de nombre, porque el suyo real no lo ha ocultado. Se ha hecho una fotografía. Posa ante la cámara con gesto risueño, nada chulesco ni amenazante. En realidad, tiene cara de buena persona. Esto parece banal, pero no lo es; el rostro de un ser humano es como una placa de nitrato de plata, de las usadas antes en fotografía, porque el rostro siempre está expuesto. El rostro humano no está expuesto a la luz un segundo o menos aún, como las placas de nitrato, sino a la vida. Y lo que pasa en esa vida deja marca. Dolor, angustia, miedos, golpes, decepciones, alegrías, esperanzas, humillaciones, necesidad, sufrimiento… ¿Qué significa que Nabil parezca buena persona en la fotografía? ¿Se siente feliz? ¿Se siente en paz? Eso hace todo más incomprensible.
En algún lugar modesto de Argelia, su madre, deshecha en un llanto inacabable, asegura que es un buen hijo. Le gustaba jugar al fútbol y era muy educado con todo el mundo. También solía ir a la mezquita muchos días, además de los viernes cuando iban todos, pero no era un intolerante. A veces bebía coca cola y no protestaba cuando en casa ponían en la televisión un programa francés, italiano o español, captado por satélite. Tampoco reñía a sus hermanas si salían a la calle sin velo o vestían falda corta. La madre dice que no era fanático, aunque sí, muy piadoso.
Nabil sonríe cuando se hace la foto y sujeta un kalashnikov, pero no parece amenazante; simplemente lo lleva, aunque da la impresión de que el fusil le hace sentirse mejor. Nabil se fue de casa hace unos meses. No discutía con sus padres ni su vida le parecía insoportable, como suspira tanto adolescente. No lo había dicho nunca. Él hacía lo que le mandaban y se llevaba bien con todos. Pero se fue. Una noche dijo que se quedaría a dormir en la mezquita y no regresó a casa. Al día siguiente, al atardecer, llamó por teléfono a su madre y le dijo que no se preocupara, que estaba bien, que volvería; luego no supieron más de él.
Nabil sube a la furgoneta. El tipo que se sienta en el asiento de al lado la ha cargado con paquetes hasta unos cientos kilos. Son paquetes raros. Nabil pone en marcha el vehículo. No es muy moderno, más bien es un trasto viejo, pero servirá. Nabil introduce la primera marcha con un gruñido de metales que se rozan y acelera con suavidad. La furgoneta sale del solar vallado donde estaba hasta llegar al asfalto. Sin prisas.
La furgoneta avanza a buen ritmo cerca del mar. Nabil mira durante unos segundos las azules aguas roturadas por grueso trazos de espuma blanca y luego se concentra en la conducción. Quizás ha sido una mirada melancólica, tal vez con miedo. Al final de la calle, un muro blanco rodea un par de edificios también blancos. Nabil se dirige a ese lugar y, a medida que se acerca, acelera poco a poco.
En el lado que da a la calle, el muro blanco se convierte en fachada con una puerta ancha abierta, ante la que hay un hombre uniformado de blanco. Nabil gira hacia esa puerta y dirige la furgoneta hacia el interior, hacia el espacio más allá del dintel. El joven uniformado de blanco, armado con una metralleta que sujeta con el brazo derecho al desgaire, levanta la mano izquierda, conminando al vehículo a detenerse, pero sin prisa ni preocupación. Nabil, cuando está en la trayectoria recta, acelera.
¡Ala akbar! ¡Dios es grande!, tal vez haya oído el centinela, que se aparta a un lado, porque la furgoneta no se ha detenido ni siquiera ha reducido la marcha.
Una atronadora explosión detiene el tiempo, y un estrellado globo de luz deslumbra a quienes están cerca, incluidos Nabil y su copiloto, antes de enviar a todos a las tinieblas, a la nada.
En el cuartel de la Marina argelina en Dellyl, una pequeña ciudad junto al Mediterráneo, quedan en el suelo treinta personas muertas o lo que resta de ellas. Cincuenta o sesenta más están seriamente heridas.
¡En el nombre de Dios!
Nabil sólo tenía 15 años. ¡Qué heroicos son ciertos profetas si quien pierde la vida siempre es otro!

lunes, 10 de septiembre de 2007

Por ser negro

Tuani hace días que no quiere comer, los ojos casi siempre cerrados, como si durmiera. Tuani nació en algún lugar del centro de África y tiene la piel negra casi azul, muy, muy oscura. Llegó hace años en avión y se quedó. Consiguió trabajo, consiguió papeles, trajo a la mujer y a los hijos. Había vivido mal que bien, había prosperado. Ahora su vida no es vida. Desde aquel día. No come, no quiere abrir los ojos. ¿Para qué?
Debes hacer un esfuerzo; hazlo por los niños, por mí, le suplica Mirena, su esposa, no tan negra, pero del mismo trozo africano. Llora la mujer un llanto silencioso que no cesa hasta que no quedan lágrimas en el lagrimal. Resiste con ansiolíticos, pero no consigue dormir, tampoco puede comer. Sólo solloza y se conduele, pero sin ruido, para que su marido, que no quiere abrir los ojos, no se entere de su dolor, de su tristeza.
Tuani vive en un centro de parapléjicos, las personas que no controlan sus piernas o todo su cuerpo, en el peor caso. Como Tuani. Los que están peor no son vegetales, como se dice. Está como un vegetal. No es verdad, no son vegetales, ya quisieran. Una planta crece, reverdece, saca flores, luego se seca y vuelta a empezar. Ellos sólo respiran, los alimentan, orinan, defecan. Nada más. No se mueven si no los mueven. Sólo están. Y muchos, muchas veces, sufren por no morir.
Mirena empuja el sillón especial con ruedas hacia el jardín. Hace bueno, el sol animará a Tuani, espera la mujer contra esperanza. El sol me da en los ojos, Mirena. Porque Tuani sí puede hablar. Para pedir, para exhalar su aflicción. Y la mujer, solícita, le gira el cuello con suavidad, como el de un muñeco, para que el sol no le deslumbre.
Tuani vio hace tiempo aquella película, ‘Mar adentro’. Le emocionó, pero no entendió el afán de Ramón por morir. La que organizó aquel hombre que se rompió el cuello en la playa y todo el trabajo que se dio. La lealtad de los amigos, la tenacidad del paralizado para irse. Ahora sí lo entiende en su carne y una pregunta le martillea: ¿Por qué? ¿Por qué él?
Unos policías lo encontraron sanguinolento, estirado en aquella senda, avanzada la noche. Era lugar poco transitado a las horas del retorno del trabajo, especie de parquecillo sin pretensiones. Él solía hacer camino por el medio, porque ahorraba minutos y llegaba antes a casa. Su casa era su hogar, con Mirena, con los chicos.
Nunca había ocurrido nada, nunca había escuchado que ocurriera nada. Aquel era un pueblo tranquilo. Hasta aquel anochecer de marzo.
Hacía frío, el sol se había puesto hacía un par de horas. Tuani se subió el cuello de la chaqueta para evitar el zurriagazo frío en la nuca. En casa tomaría un te caliente. Encogió el cuello para ofrecer menos espacio al viento helado, y aceleró el paso.
¿Dónde vas negro? ¿Dónde vas, orangután?
Dos hombres jóvenes, blancos, pelo rapado, cazadoras de cuero y botas negras claveteadas de media caña aparecieron en su trayecto. Tuani no quería problemas. Se desvió hacia la derecha, dejando el camino y entrando en el césped y los matorrales.
Mono, ¿no sabes que no se puede pisar el césped? En tu país salvaje sois todos unos chimpancés que no sabéis de normas. No quiero problemas, señor, quiso ser conciliador Tuani, sólo regreso a casa después del trabajo.
¿Cómo va a trabajar un orangután como tú? Vuelve a tu país, mono de mierda, no te queremos.
Y empezaron los golpes. Continuos, crueles, contundentes, incesantes, dolorosos.
Tuani cayó derribado al suelo y los bárbaros le dieron puñetazos y le patearon. En medio de un intenso dolor, intentó defenderse, alzó ambos brazos para evitar los golpes, hizo un esfuerzo y se enderezó para huir.
El bestia que más le había apaleado le dio un tremendo golpe en la base de la nuca. Tuani cayó al suelo como un fardo, pero su agresor lo pateó más y más en la espalda, la cabeza y el cuello. Tuani se desmayó.
Vámonos, dijo la otra bestia, la que no había hablado, la que apenas había pateado a Tuani. Me he de cargar a esta basura, le replicó el verdugo, y continuó pateando el cuerpo inanimado del hombre tendido e inconsciente.
¿Qué ocurre aquí? Dos policías de ronda ordinaria aparecieron en un extremo del camino. Los dos salvajes huyeron veloces y se perdieron en la negrura nocturna.
En el centro de urgencias reanimaron a Tuani, le pusieron suero con sedantes y analgésicos y lo enviaron en ambulancia al hospital.
El diagnóstico de Tuani especificó que había recibido muchos golpes y que, a causa de los mismos, se habían fracturado varias cervicales y la médula espinal estaba gravemente lesionada.
Aún no hay sentencia. El racista con alma de asesino dijo al juez que es inocente, que estuvo cerca del parque, pero él no vio nada. Alguien sí lo vio a él. Habrá que esperar a que la justicia haga justicia. Tal vez.
Desde entonces, Tuani vive en un centro de parapléjicos, pero no es un hogar. En silla de ruedas de por vida. Ni siquiera podría pulsar un botón para ponerla en marcha, si la silla fuera de motor. Nada puede mover por debajo del cuello. Tuani nunca olvidará el rostro del matón cobarde que lo redujo a tronco inerte.
Por ser negro.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

El giro postal

El Tumbao está encerrado en el tigre, los retretes, en la jerga carcelaria. El Tumbao es un puto preso y está agitado. Oye pasos al otro lado. No quería haber llegado a esto.
Él no se mete con nadie en la cárcel. Fuera… es otra cosa. Pero nunca hizo daño a nadie; daño como pegar o herir. No recuerda como empezó, pero un día hace mucho tiempo se pinchó un pico de jaco. ¡Joder que buena la heroína! ¡Qué paz tú! Y, desde entonces, para pagarse las papelinas de caballo, robó a viejas con el bolso diciendo cógeme, a tenderos acojonados, a jovencitos con ropa de marca que se iban por la pata abajo cuanto les sacaba la jeringuilla. Pero en la jeringa no había nada. Un truco que le contó un colega. “Se cagan si ven una aguja. Piensan que les pegarás un sidazo”. Le cogieron porque le quitó el bolso a una tía que era poli. ¡Qué cosas!
En prisión no vivía mal del todo. Tres comidas al día, el educador lo colocó en el programa de metadona y no tenía que preocuparse por conseguir un pico. No vivió mal hasta que el Guapo le dio una paliza en el gimnasio del módulo. Porque sí. El Guapo es mala gente. Abusa de otros presos, pero nadie le planta cara. Fuera se dedicaba al trapicheo, pero no está por eso; lo encerraron porque mató a una mujer, el muy cabrón. Él no le ha hecho nada, pero el Guapo es un hijo de puta que disfruta jodiendo.
El Tumbao deambulaba por el patio con un papel encerrado en el puño derecho. Va a la peluquería. Un hombre bajito de cara pálida corta el pelo con afición y escasa habilidad a un joven negro que es puro charol. “¿Tienes algo?”, le susurra el Tumbao a la oreja del esquilador y el otro asiente. El Tumbao se sienta en una silla de tijera y espera. Cuando el descolorido peluquero acaba, el negro prieto da las gracias, se levanta y sale al patio. El Tumbao se acerca al rapabarbas, abre el puño derecho y le muestra el resguardo de un giro postal de 40 euros que le ha enviado su madre. “¿Cuántas papelinas puedes fiarme? Te pago con el giro. “¿Quieres hacerme la competencia?” le dice el macilento entre bromas y veras. No, no, le dice el Tumbao, es para mí. Quiero tener reservas, porque estoy hasta los huevos de la metadona. “La metadona es una mierda”, sentencia el otro y le vende cuatro papelinas de caballo.
El Tumbao repite la operación a lo largo de la mañana. Sabe a quién dirigirse. Les muestra el resguardo del giro materno como garantía. A la hora de comer, ha conseguido siete papelinas.
Se dirige al comedor y espera. Los presos hacen cola pertrechados de bandejas. Llega el Guapo, adelanta a todo el mundo y se planta ante el mostrador con su bandeja; los presos que atienden el office le sirven. No quieren líos. El Guapo se sienta en su mesa y se dispone a comer patatas guisadas con costilla de cerdo y pescado frito. “Vaya mierda de comida”, dice, pero se dispone a devorarla.
El Tumbao se acerca con sigilo y saca de la camisa un pincho agudo que se ha fabricado con paciencia y odio del asa metálica de un cubo de fregar. Sentado, con una cuchara en la mano derecha y un trozo de pan en la izquierda, el Guapo encaja 23 puñaladas del Tumbao antes de saber qué está pasando.
Luego el Tumbao huye veloz al tigre y se chapa. Y ahí está, recordando.
Saca las siete papelinas de heroína de un bolsillo del chandal, las rasga con cuidado una tras otra y vierte en la boca abierta el polvillo blanco que contienen. Traga. Se amorra al grifo de un lavabo y bebe con el ansia de quien ha atravesado un desierto. Luego se sienta en el suelo con la espalda apoyada en la pared.
Cuando los funcionarios de azul logran abrir la puerta de los retretes, el Tumbao agoniza, se le va la vida a ojos vista, pero sonríe. En la enfermería, donde han llevado al agredido, el Guapo ha muerto hace rato.
El peluquero se queja para dentro “¿Quién me paga a mí el caballo fiado?

lunes, 3 de septiembre de 2007

A mordiscos

Teresa había sufrido en los últimos años cuatro atracos y estaba más quemada que un hereje en la Edad Media. ¡Ya estaba bien! ¿Qué esperaban encontrar esos desgraciados en su establecimiento? Esto no es un banco ni una joyería, leche, es un puñetero estanco que, desde que la ministra aquella levantó su cruzada contra el tabaco, ya no es lo que era.Ese día, además, se había levantado de mal pie. Era uno de “esos días” y estaba hasta el occipital de los dolores y malestares que la atormentaban durante las primeras jornadas menstruales. Tomó un café, que le pareció agua de bellotas en el bar de la esquina, y abrió el estanco con más ganas de meterse en la cama que otra cosa, pero el deber…
Pasaron tediosas las horas, vendió un par de cartones de rubio, unos puros baratos, algunas revistas frívolas, tres abonos de transporte público y unos pocos sellos. Por la tarde, más de lo mismo, y los puñeteros dolores que no cesaban. Hacia las siete, aflojó el personal y pensó que mejor se iba a casita, aunque fuera antes de la hora habitual de cierre, y se empiltraba con una bolsa de agua caliente como analgésico de urgencia.
Cuando ya había superado los inevitables remordimientos por marcharse antes del tajo y había cogido el bolso para tomar las de Villadiego, entró un tipo joven con pinta de anoréxico, o eso consideró ella. “Necesito cargar el móvil”, le dijo. Muy bien, qué número, preguntó, y cuántos euros de recarga.
El joven macilento vaciló. “Es que no me sé el número de memoria. Voy a preguntarle a mi colega que está fuera, que seguro que él sí lo sabe, porque él me llama, no yo a mí mismo”. Y soltó una risita tonta que hizo que Teresa dudara de la integridad mental del jovenzano.
Farfulló la mujer sobre su irritante mala suerte y rebuscó en un cajón por si había abandonado allí en otro tiempo algún paliativo.El flacucho regresó con su colega, que era alto y amontonado como un armario ropero. Teresa, que no cree en brujas, espíritus ni mundos esotéricos, tuvo un pálpito. “Estos hijos de su madre vienen a robarme. Otra vez no”. Pero ella es una débil mujer, ¿qué hacer con dos tíos hechos y derechos, uno de los cuales es grande como un camión?
Los dos individuos merodearon por el estanco, pero no le daban el número del dichoso móvil. ¿No quería usted cargar el móvil?, preguntó al delgaducho, pero no respondía. Pues váyanse, que he de cerrar. Entonces ambos sujetos se abalanzaron sobre la mujer, bramando esa vulgaridad de “danos todo el dinero que tengas”, propia de gentes sin ley ni orden.
¡A bodas me convidas! Teresa, que aún doloridos era una mujer con muchos ovarios, abrió la boca como una gárgola y agarró lo que le pilló más cerca, el antebrazo del armario. La dentellada fue de las que hacen época y logró que el enorme delincuente se alejará con grandes lamentaciones de las fauces devoradoras y de su estanco. El flacucho quedó inmóvil, espantado, y una nueva tarascada no le arrancó de cuajo la mejilla, porque apenas tenía carne que agarrar. Como una leona hambrienta, Teresa se dirigió feroz para rematar el dentellado ataque, pero se quedó con las ganas, porque los mangantes pusieron tierra de por medio con el mísero botín de un tubo de fijador de pelo cogido al azar en su veloz retirada, valorado en un euro con noventa y cinco céntimos, pues sabido es que, ante la crisis que el descenso de la venta de tabacos causa a los estancos de las Españas, muchos de estos establecimientos han optado por abrir el abanico de su oferta comercial.
Un tiempo y algunos saldevas después contra las menstruales molestias, cuando el policía que le tomó la denuncia le expresara su admiración, al tiempo que le advertía de que había sido un tanto imprudente, Teresa respondió escueta. “No saben esos capullos la fuerza y la rabia que una regla dolorosa genera en una mujer madura”.
Y el policía asintió sin decir ni mu.

martes, 7 de agosto de 2007

Por narices

Frito. Quién en vida atendía por Mariano, ahora estaba frito. Muerto, mayormente. Quién había sido varón de estatura mediana y fuerte complexión se había convertido en una momia ennegrecida con los brazos extendidos, cuál pontífice saludando a fieles enfervorizados en la plaza de San Pedro, con los carbonizados brazos y manos uniendo aún sendos cables pelados del tendido eléctrico del convento de Santa María Auxiliadora. Fue sor María de la Alegría quien encontró el cuerpo crepitante de Mariano y avisó al servicio de urgencias, pero no había urgencia que atender, solo orar por su alma. Mariano estaba muerto y muy muerto. Achicharrado. Tanto que, con un par de meneos, el quemado se convertiría en ceniza y la familia se ahorraría la incineración.
Mariano era el administrador -y hábil chapucero para reparaciones domésticas- del convento de las hermanas de no recuerdo qué sagrado corazón de qué santo, en el que acogían niñas huerfanitas y abandonadas por sus descastados o menesterosos progenitores, que de todo hay en la viña del Señor.
Tras el levantamiento del cadáver por la autoridad judicial, la Guardia Civil determinó que el deceso y tránsito de Mariano se debió a un lamentable accidente cuando reparaba un enchufe en el refectorio de las monjitas; el enchufe que recibía el cable de la lámpara de flexo que iluminaba el libro ejemplarizante que, colocado sobre un atril, leía una sor para amenizar el obligatorio y devoto silencio de los refrigerios de la comunidad. Las monjitas aceptaron resignadas la desaparición de quién les resolvía los entuertos caseros y rumiaron a quién contratarían para sustituir a Mariano. Todas, menos sor Piedad, la monjita que cumplía las funciones de mayordoma o hermana cillerera. Sor Piedad se quedó con la mosca tras la oreja, pues había solicitado a Mariano que reparara el enchufe de la lámpara del refectorio, porque la conexión flojeaba y la luz iba y venía dificultando la lectura, y así lo había hecho sin problemas el plural y eficaz administrador, pero días antes del electrizante deceso. ¿Por qué razón Mariano reparó lo reparado?
Con el ánimo lleno de oscuros e inquietantes presagios, sor Piedad decidió hurgar en los efectos personales del fallecido antes de entregarlos a posibles parientes o a los pobres, en caso de no haberlos. No supo muy bien por qué, aparte de una irresistible y tal vez pecaminosa curiosidad, pero se dijo que acaso entre las cosas del finado encontraría alguna señal que aliviara la desazón que tan terrible e inexplicable muerte le causaba.
Con leve malestar por la conciencia de pecado venial que cometía, sor Piedad registró la maleta del finado, que prudentemente había sacado de la casita exterior al convento propiamente dicho, donde residía Mariano en vida, y trasladado a su celda después de que las monjitas se hubieron recogido en sus austeros aposentos tras el rezo de completas.
Iniciado el cacheo de las pertenencias de Mariano, Sor Piedad reprimió un grito escandalizado. Tras calzoncillos limpios (usados y deshilachados), calcetines y camisas, encontró oculta una cajita de impuros condones así como dos revistas con exuberantes mujeres desnudas en obscenas posturas. Ella nunca había tenido una caja de preservativos en las manos, pero había visto un anuncio en la televisión. Sor Piedad murmuró una jaculatoria pero, pensándolo mejor, musitó una breve oración por el alma del obsceno y finado Mariano, y continuó su labor registradora, no sin antes haber echado una atenta mirada a las revistas. Para combatir el pecado, hay que conocerlo, pensó.
Resistió la tentación de abrir uno de los sobrecitos contenedores de condones y se centró en la tapa superior de la modesta maleta, en cuyo bolsillo interior, la monjita encontró una libreta escolar nueva, un cuaderno rayado para facilitar la escritura con una fecha en la cubierta. ¡La fecha del letal accidente de Mariano!
Sor Piedad se persignó, colocó una toalla frente a la rendija del suelo de la puerta de la monjil celda, para que no se viera luz desde el exterior, y se dispuso a leer el cuaderno, escrito con letra insegura, pero legible:
“Me pongo a escribir sin ser muy consciente de por qué tengo necesidad de contar lo terrible que me ha ocurrido en los últimos tiempos. Tal vez porque la escritura expresa nuestra necesidad de inmortalidad, como dicen cursis y pedantes. Aunque, bien mirado, sí lo sé. Necesito que quién yo sé es el responsable real de mi muerte -aunque ningún fiscal ni tribunal pueda relacionarlo directamente- pagué por ello de una forma u otra. Doctores tiene la iglesia y jueces los tribunales. Tengo muy presente el momento en el que subí a mi Seat Ibiza y me dirigí hacia la autopista, de regreso hacia el pueblo. ¡Ojala nunca hubiera salido! Estaba nervioso, pero, al mismo tiempo, frío por dentro, no sé si me explico. Cómo no iba a estar nervioso si acababa de matar a un hombre, aunque ese hombre me hubiera causado una desdicha imposible de soportar. Eso creía en ese momento. Pero lo que me puso nervioso de verdad, histérico, fue que, circulando a buena marcha por la autovía, me sobrepasara un automóvil de la Guardia Civil y se colocara ante mi coche. ¿Por qué un vehículo de la Benemérita me adelanta para continuar a la misma velocidad que yo? No sé qué pasó por mi cabeza, pero se me nubló la razón y salí zumbando por la siguiente salida. Recuerdo que lo hice a toda velocidad, mirando por el espejo retrovisor para ver si el coche de los civiles me seguía, y, cuando menos lo esperaba, me encontré frente a un sólido muro de piedras de color rojizo, a todas luces la alta tapia de un chalet.
Lo siguiente que recuerdo como en sueños fue una luz intensa sobre mi cabeza y alguien, hombre o mujer, con media cara tapada y el cabello cubierto por un gorro de tela verde, que parecía prestarme mucha atención. Luego, mucho más tarde, cuando recobré algo la conciencia, supe que me habían llevado con urgencia a un Hospital cercano al lugar del accidente.
Estuve sumergido en el territorio indefinido de la inconsciencia que linda con la muerte durante días y días. Cuando desperté, aún estuve postrado varias semanas más, pero de lo que fui consciente de inmediato fue que tenía la cara vendada por completo, salvo los ojos y los agujeros de la nariz. Nadie me dijo que ocurría, nadie me explicó nada, salvo que vivía de milagro.
Me sorprendió que ningún policía ni guardia civil custodiara la habitación y me extrañó aún más que nadie viniera a interrogarme, hasta que concluí que, incomprensiblemente, no se me relacionaba con el tiroteo en una clínica de postín. ¿Cómo era posible? En aquel hospital, yo sólo era una víctima más de la plaga de accidentes de tráfico. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando, tras darme el alta por superar con éxito la convalecencia después de las complejas operaciones que me salvaron la vida, me informaron que sería trasladado a la clínica “Los Eucaliptos”, donde sería operado de nuevo. ¿Por qué?, pregunté temiendo lo peor. Un interno confesó vacilante que era la mejor clínica de cirugía plástica y allí repararían sin duda las terribles cicatrices que las graves heridas causadas en el accidente me habían convertido en un ecce homo. Vivía, pero era un monstruo. Lo leí en la mirada asustada del joven médico.
¡Qué paradoja de vida! ¡Que absurda! ¡Qué porquería! El accidente de tráfico había sido el terrible colofón que cerró un trágico recorrido iniciado con una operación de cirugía plástica. El contrasentido devino broma feroz cuando, ya en “Los Eucaliptos”, entró en mi habitación de candidato al quirófano de reparación plástica el elegante doctor Orestes. El hombre que yo había matado.
Orestes era el encargado de operarme para devolverme un rostro humano, visible, que no provocara horror. ¿Cómo sobrevivió a seis disparos?Me vino como un rayo el momento en que entré en esta misma clínica meses antes. Recuerdo que lo hice decidido y lleno de ira. Allí había sido operado de la nariz dos semanas antes y lo más caritativo que se podía decir fue que el resultado había sido muy poco satisfactorio. Lo cierto es que, tras la operación plástica, que me practicó el eminente doctor Orestes, en lugar de una cara presidida por una enorme nariz, ahora tenía un rostro de cerdito. Mi vida empezó a ser molesto purgatorio. ¡Qué miraditas! ¡Que guasas! ¡Qué bromitas! Salvo las monjitas, claro, obligadas por el mandato de practicar la caridad. Quedé mucho peor que cuando la gente del pueblo se me reía en las narices (nunca mejor dicho) y me felicitaba por tan magnífico picaporte. A fin de cuentas, una narizota parece algo más aceptable, aunque sea objeto de chanzas, que lo era, pero tener cara de cerdo…
Al reducir el tamaño de la nariz, el cirujano calculó mal, porque me había dejado los orificios nasales en posición frontal, con todo el aspecto de un verdadero morro de gorrino. Desesperado, telefoneé al cirujano plástico, suplicándole que me operara de nuevo, que arreglara el entuerto, que, si no podía mejorarme, me dejara como antes, pero el muy miserable me respondió que no me quejara, que había quedado muy bien, que no me comportara como un histérico. Y añadió con pitorreo que antes de la intervención plástica yo era tan feo que incluso con pinta de cerdo (que no negaba) estaba mucho mejor. Se habrá dado cuenta, añadió, de que muchas mujeres operadas de la nariz tienen un gracioso aspecto de cerditas. A fin de cuentas, los cerdos, además de aprovechar de ellos hasta los andares, como dice el refrán, son bichos que caen bien; incluso son utilizados en otros países como mascotas de compañía.
Me tragué la respuesta, pero no la rabia. Y decidí matarlo.
No lo pensé mucho y al día siguiente me puse en camino hacia la clínica. Las decisiones graves, cuantos antes se cumplan, mejor. Pasé por delante del mostrador de recepción sin que se fijaran en mí, llegué hasta la consulta del cirujano felón, entré y, sin decir palabra, saqué el revólver que me había agenciado y le vacié todo el tambor en el cuerpo. Cayó como un fardo y me fui con la misma calma con la que había entrado. Recuerdo que memoricé en mi tranquila huida hacia mi coche que el doctor Orestes, al caer, sangraba con abundancia, incluso por la cara. También me percaté de que nadie intentó detenerme y de que la gente de la clínica iba a sus cosas, como si nada hubiera pasado. La angustiosa sensación de irrealidad que sufrí entonces, resurgió de nuevo con fuerza ante un sonriente Orestes que entraba en mi habitación de “Los Eucaliptos”. Debería estar muerto, pero no lo estaba.
- Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? - me dijo el cirujano plástico mientras agitaba suavemente la carpeta de color azul con la ficha del paciente.- Naturalmente, no te he reconocido porque haya visto tu fea cara, afortunadamente cubierta por una venda en beneficio de la estética y la armonía, sino por tu ficha. Ahora tu faz está hecha unos zorros, en realidad peor que nunca lo ha estado, que ya es decir. Tampoco puedo comprobar tu expresión de asombro, con tanta venda, pero estoy seguro de que estás tan sorprendido, fascinado diría yo, como si se te hubiera aparecido tu putísima madre que, creo recordar, me dijiste había muerto. Como puedes ver, no estoy muerto ni soy un fantasma, aunque algunos digan a mi espalda que sí lo soy. Envidias, como puedes imaginar. ¿Cómo sigo vivo, te preguntarás, después de seis tiros? – Se me acercó y susurró hacia donde debió ubicar mi fajada oreja izquierda -. Me siento generoso y te lo voy a contar, pues estás en mis manos sin remedio. ¿Comprendes? Estás en mis expertas manos y no tienes escapatoria. He tomado las medidas pertinentes. Quedé helado cuando entraste aquel día en la consulta y sacaste un revólver del bolsillo. Casi me jiño del susto, lo reconozco, pero eres tan inútil que fallaste el primer tiro. ¿Casualidad? No, patética impericia, porque el segundo disparo sólo me hizo la raya en medio, si me permites la chanza. Se supone que ese tiro debía horadarme la frente, pero no. ¿Ves esta calva longitudinal que tapo con mi sedoso cabello? Único vestigio de un disparo que se desvió hacia arriba y sólo me afeitó una reducida área de cuero cabelludo. ¡Qué mala suerte la tuya! Los tiros tres y cuatro fueron mejor dirigidos, pero desafortunados, pues sólo me atravesaron limpiamente el brazo izquierdo y el muslo derecho. Para tu desgracia, no interesaron parte vital alguna y las heridas cicatrizaron sin problemas poco tiempo después. El quinto disparo podría haberme causado algún perjuicio, lo reconozco, pero sólo perforó el hombro sin tocar hueso, igual que les ocurre a los protagonistas de las películas bélicas, y curé la herida sin problemas. Y el sexto -¡ah, el sexto tiro!- podría haberte hecho feliz, porque fue directo al corazón, pero -dislates de la fortuna- se detuvo en el acero de la bruñida petaca metálica que llevó en el bolsillo interior izquierdo de mi chaqueta para echar un traguito de ron jamaicano cuando las tensiones profesionales se hacen poco llevaderas. ¿Comprendes el sentido de todo esto? Soy un protegido de los dioses. O, si lo prefieres, tengo baraka, suerte a prueba de bomba, como dicen los árabes. Y ahora te tengo a mi merced. Puedo hacer contigo lo que me plazca y puedes estar seguro de que lo haré. Podría dejar que murieras en el quirófano. Sabido y aceptado es que, a pesar de los increíbles avances de la medicina, ocurren accidentes e imponderables que causan lamentables e inevitables muertes en el curso de las intervenciones quirúrgicas. Pero no temas, no morirás, aunque me siento legitimado para acabar con tu vida. Ley del Talión. Sin embargo, una muerte rápida sería un dulce regalo. Si hiciera que murieras en el quirófano, sólo obtendría una fugaz y pasajera satisfacción cuando la línea ondulada del monitor conectado a tu corazón se convirtiera en recta, señal inequívoca de óbito. Pero no sufrirías. Sencillamente, dejarías de existir y es poco para mí. Quiero que sufras, porque te odio. Necesito que vivas para que desees morir. Si te mueres, no puedo odiar un recuerdo. No se odia una sombra. Necesito que vivas para odiarte. Con odio inmisericorde y destructor. Y no intentes escapar a tu suerte, porque todo está previsto. Mañana es día de venganza.
Lo recuerdo como si lo oyera ahora. También recuerdo que un atroz escalofrío me recorrió las venas y arterias. Tal vez fue la conciencia de que el odio destruye a quién odia. Como ahora me destruirá a mí. El final fue trágico, o tragicómico, pero feroz. Cruel. Orestes había conseguido que padeciera una prolongada afonía aguda, que me impidió comunicarme con nadie para intentar salvarme. Y, tampoco imagino cómo, me inutilizó ambas manos, con lo que no pude escribir el terror que me atenazaba y denunciar lo que haría conmigo. Intenté huir, pero un potente sedante, cuya inoculación no pude evitar, me impidió cualquier movimiento de fuga. Finalmente, y ante mi desesperación, me condujeron al quirófano. Recuerdo a Orestes mirándome con fijeza con medio rostro cubierto por la careta aséptica, mientras el anestesista me enviaba a la región de los sueños. El resultado fue que si yo era un feo de nariz prominente y me convertí en ridículo cerdito, tras la primera operación, después de la segunda, ningún humano tiene un rostro tan desagradable como el mío. No sé como lo ha hecho Orestes, pero todos me ven con cara de culo. No es una frase hecha. Tengo una cara de culo por antonomasia. Y si costaba vivir con una narizota como cuenta el poema de Quevedo, “érase un hombre a una nariz pegado”, más aún con un rostro que parece un desnudo trasero. El doctor Orestes no quería que yo muriera, pero se va a joder”.
La hermana Piedad cerró el cuaderno entre sollozos. La monjita no lloraba por el terrible drama de Mariano, sino porque el que fuera administrador del convento había muerto en pecado mortal. Doble pecado mortal. Uno por haber intentado matar a un hombre, eminente cirujano, y otro por quitarse la vida, sin contar los pensamientos impuros que las revistas obscenas le debieron provocar. Esos dos pecados mortales –intento de homicidio y pensamientos impuros- podrían ser confesados y absueltos, pero el suicidio es el único pecado que no se puede perdonar, porque uno muere sin tiempo para la absolución. Aunque si entre el acto suicida y la muerte misma, el suicida tiene tiempo de arrepentirse en una fracción de segundo con un acto de contrición… Sor Piedad decidió consultar al capellán sobre tan delicada y controvertida cuestión teológico-moral. Tal vez valiera la pena ofrecer misas por la eterna salvación de Mariano.


jueves, 2 de agosto de 2007

Soledad absoluta

El hombre arrastraba una vieja silla de enea con cierta naturalidad por la zona alta de la ciudad. Cogió la destartalada silla y se la cargó a la espalda. Pero no pasaba desapercibido. No, en esos barrios elegantes de jardines cuidados y poca gente por la calle.
Bajo la barba gris amarillenta del hombre de cincuenta o sesenta años se ocultaba un rostro arrugado y agrietado por el dolor y la desesperanza. Grises eran los sucios cabellos que surgían grasientos y en desorden de un zarrapastroso sombrero sin forma; grises también los ojos que reflejaban cansancio infinito, gris también la piel del rostro que asomaba, y ennegrecida a ronchas la que se veía por las mangas del deshilachado y pringoso chaquetón. Iba vestido con ropa más que vieja con rotos y remiendos, y calzaba botas de cuero sin forma, como las que solían poner antaño a los paralíticos pobres en silla de ruedas.
¿Cuánto tiempo desde que había descendido por el pozo sin fondo que lo arrojó a la calle? No se es vagabundo sin techo de la noche a la mañana. ¿Cuándo empezó el declive? Tenía un empleo, uno de tantos, para el que no es preciso saber nada. Acaso en un almacén trasteando con paquetes y cajas; en una oficina sentado horas ante una vieja, pero robusta máquina de escribir; tras un mostrador vendiendo con sonrisa impuesta, o en una fábrica operando automáticamente en alguna máquina. Un trabajo. Tenía también una novia, que no era guapa, con la que pensaba casarse, aunque no sabía cuando. Un día se quedo sin trabajo y sin la incierta seguridad que proporciona un salario exiguo. Se lo tomó por el lado bueno: tendría más tiempo para no se sabe qué y encontraría otro empleo. Pasaron semanas y meses. El trabajo no llegaba y todo se complicó cuando la novia lo dejó, porque no tenía futuro. Tras un tiempo, resignado al incontestable paro, dejó incluso de ver a la familia a la que frecuentaba poco; fiestas navideñas, entierros y bautizos. Se aisló un poco más.
No se atrevió a salir con ninguna otra mujer. Era uno de esos tantos. Cuando se quedó sin empleo, recibió una pequeña indemnización y papeleó para que el Estado le pagara cada mes tres cuartas partes de lo poco que ganaba cuando trabajaba. Eso duró un par de años y, cuando se acabó el subsidio, a medida que se deslizaban lentas y grises las semanas, se instaló en la desesperanza y ante él se abrió un paisaje yermo que antes no conoció ni siquiera en su pobreza de asalariado modesto. Sobrevivió con chapuzas. No era muy hábil, pero tenía voluntad.
Se acostumbró a las copas, porque le hacían sentirse bien. Era otro. Cuando bebía, no tenía problemas. Y de las copas en los bares, pasó a beber solo en el reducido piso en el que vivía, porque le cundía más. Así dejó de ver a la media docena de personas que no eran sus amigos, pero charlaban con él de cómo marchaba la liga, de mujeres o de algo de la televisión.
Dejaron de llamarle para hacer chapuzas y continuó con trabajos ínfimos: limpiar puestos de pescado del mercado municipal, acarrear basuras, echar una mano en la descarga de mercancías de madrugada... Hasta entonces había mantenido un aspecto casi decoroso; se lavaba y planchaba la ropa, aunque no con pericia y el resultado era un varón razonablemente aseado. La peculiaridad de los insignificantes trabajos en el mercado le disuadió de dedicar tiempo a la limpieza de su limitado vestuario porque, a fin de cuentas, siempre olía a pescado y a fruta podrida, con manchas aquí y allá.Pronto dejaron de pagarle en dinero los trabajillos y se conformó con menudos o despojos de carnicería, algunas verduras o frutas tocadas, un jersey con tara, incluso unos zapatos casi nuevos y, a veces, unos euros en efectivo. No pareció importarle, pero abandonó el piso, porque lo iban a echar, y alquiló una habitación fosca, estrecha y mohosa, donde compartía con chinches y pulgas un escaso jergón sobre cama desvencijada.
Compartía con otros huéspedes, poco afortunados como él, un cuarto de baño sucio tan reducido que no imaginaba como habían podido colocar los adminículos de aseo y evacuación. Todo en una pensión lúgubre de mala muerte en una calle estrecha de la parte más vieja y abandonada de la ciudad. El escaso atractivo del cuarto de baño comunal lo indujo a dejar de afeitarse y dejó crecer una densa barba, profusamente salpicada de pelos blancos. Dejó de beber por no poder comprar botellas de coñac, cuya marca había descendido con el tiempo. Comprobó que le costaba estar sin beber; se encontraba muy mal. Creyó que tenía una gripe, pero cuando vio que la gripe no avanzaba ni se curaba, concluyó que era otra cosa. Antes de preocuparse por alguna enfermedad innombrable, descubrió el origen del malestar. Un camionero generoso, al que ayudó a descargar cajas muy pesadas, le dio veinte euros y le invitó a una copa.
Cuando el alcohol llegó al flujo sanguíneo, se encontró bien como hacía tiempo no lo estaba. Sumó dos y dos y, puesto que no le alcanzaba para comprar coñac, se habituó al vino tinto de pelea en envase de cartón, más asequible para su arruinada economía. Pronto fue costumbre ver al maduro barbudo con una caja de cartón de vino tinto en el holgado bolsillo del desgajado chaquetón que llevaba en tiempo desapacible o en una bolsa de plástico de supermercado sujeta al cinturón en épocas de temperatura grata. No necesitaba demasiado dinero para tan barata necesidad y, cuando no lo obtenía en el mercado municipal, mendigaba cerca de una iglesia los domingos y festivos de guardar con un pedazo de cartulina en el que pedía para comer. Siempre había piadosos ciudadanos con mala conciencia que, monedita a monedita, le proporcionaban el dinero para vino peleón.
El vino pasó a ser sillar principal en la vida del desastrado y, puesto que las escasas monedas sólo alcanzaban para comprarlo, abandonó la habitación húmeda y mohosa en la que reposaba del escaso trabajo y dormía las frecuentes borracheras. Al principio se quedaba en el mercado y, cuando el personal había desaparecido, se acomodaba en cualquier rincón y se hacía una especie de cama con un cobertor que había conservado de cuando vivía en el piso; eso y cuatro cosas más guardaba en un carrito de compra de plástico descuajeringado que rescató de un contenedor de cascotes.
Llegó un momento en el que le dijeron que no se podía quedar por las noches en el mercado. El barbudo se encogió de hombros, tiró de su carrito y sentó sus reales en el vestíbulo del escaparate de una tienda de zapatos, suficientemente recogido frente a frío y viento. Por la mañana, antes de que las gentes de orden lo avistaran, se levantaba en medio de vapores de cogorza y, con paso inseguro, arrastraba el carrito hasta el mercado para ganarse un par de pescados aplastados, una coliflor no muy cristiana o menudos de cerdo o ternera que, prestamente cambalacheaba por uno cartón de vino tinto.
Pero llegó el día en el que no le encargaron trabajo alguno por mísero que fuera y, como porfiara tozudo para conseguirlo y permaneciera en el lugar, alguien avisó a los guardias que, a empujones y puñadas, lo metieron en una furgoneta, lo llevaron hasta los descampados del fin de la ciudad y lo dejaron allí, advirtiéndole muy seriamente de que, si molestaba a gente de bien, le darían una paliza de la que no se olvidaría.El hombre avanzaba sin prisa calle arriba con la silla a la espalda. Si pasaba alguien a su lado, éste apresuraba el paso y luego se giraba a medias mirándolo con asco o temor. Pero el vagabundo barbudo caminaba como si estuviera solo en el mundo, su último habitante. Y acaso así era. Cambiaba de mano la silla contra la espalda, para que no se le entumeciera el brazo. Más abajo se oía un conjunto de rumores indefinidos: eran fiestas.
Hacia el centro de la ciudad, las calles se iluminaban con bombillas de colores que formaban figuras y arabescos, y las gentes se apresuraban porque hacía frío y regresaban con sus compras o iban a hacerlas. Nada importaba al barbudo, envejecido o viejo, que cargaba una silla a la espalda. Las fiestas no parecían ser visibles para la zona alta, pues ahí no se veían dibujos hechos con bombillitas de colores. De tarde en tarde, una estrella con cola o sin ella colgaba a la puerta de alguno de los escasos comercios del barrio dando escasa fe de las fechas.
Tras la experiencia con los guardias, el hombre barbudo no se atrevió a volver al mercado, la parte de la ciudad más parecida a un hogar que pudiera esperar. Vagó por calles en las que hubiera gente a la que tender la mano con la esperanza de que le dieran alguna moneda que cambiar por vino. Dormía en los quicios de portales, en recovecos de callejuelas, cubierto por cartones sucios o periódicos leídos y desechados. En algún cubo de basura encontró un paraguas medio roto y lo incorporó al ajuar para cubrirse las noches de lluvia y no empaparse mucho.
Con el paso de los días, su aspecto era más amenazador, aunque sabía Dios, si algún dios había para saberlo, que era incapaz de matar una mosca. Las gentes se apartaban cuando se acercaba con la mano extendida y la frase, apenas oída, de “limosna, por caridad”. Los días caían uno tras otro y no conseguía monedas para comprar un cartón de vino. Una vez, un tendero, entre cínico y temeroso, le regaló una botella de litro de tinto, tan peleón como el de envase de cartón, a condición de que se alejara de su comercio. Aquel día se sintió mejor, pero la botella apenas le duró una hora y los efectos, primero euforizantes y luego sedantes del vino, un par más. Intentó vender el casco en un comercio de la parte vieja, cerca de mercado, pero no tanto como para que lo encontraran los municipales. La oronda mujer del establecimiento se rió en sus morros y lo echó a escobazos. Siguió con su vagar y empezó a hurgar en los contenedores por las noches, antes de que pasaran los camiones que recogían las bolsas de plástico en las que la gente de bien de la ciudad arrojaba su porquería. Sobrevivió así sin llegar a la inanición, con restos mezclados y sucios de cocinas de personas de toda clase, pero la falta de vino le hacía sentirse mal, tanto que una noche se arriesgó a romper la luna del escaparate de un pequeño colmado con la intención de proveerse para varios días. Se había agenciado una bolsa de plástico, porque había abandonado el carrito desvencijado con sus pertenencias, y esperaba llenarla de cartones de vino tinto. Era una de esas tiendas, antes llamadas de ultramarinos, en un barrio de clase media y obreros cualificados. Rompió la luna con el menor estrépito posible, ignorante el barbudo vagabundo de que incluso aquel pequeño pero desconfiado comerciante había instalado una alarma conectada con algún lugar en el que había quien avisaría a la autoridad competente. En plena tarea de llenar la bolsa de plástico con los cartones de vino que pudiera, se presentó la policía municipal. Al vagabundo le parecieron los mismos que lo habían echado de la ciudad, pero no estaba seguro, porque todos los guardias le parecían iguales.
Los municipales ni siquiera consideraron llevarlo a un calabozo. Lo subieron en el automóvil de luces azules, lo llevaron al límite de la ciudad, le dieron una paliza de órdago y lo dejaron tirado. El vagabundo estuvo días postrado entre matojos secos, tierra polvorienta y cascotes. Creyó morir, pero no murió. Nunca supo como, pero una pareja lo llevó a un albergue municipal para personas como él. Un tiempo vivió en estado de trance. Recordaba vagamente unas monjitas que lo atendían. Un par de mocetones con bata lo desnudaron, lo metieron en una bañera, lo lavaron y le curaron las heridas. Le dieron de comer, aunque no tenía hambre. A los pocos días se había recuperado. Una noche, vistió sus desastradas ropas, ahora limpias tras el esfuerzo de la lavandera del albergue, burló al portero y huyó. Salió a la fría noche de la parte vieja y miró al cielo, pero no vio las estrellas, porque las luces de la ciudad lo impedían.
Durante varias noches callejeó tembloroso y atemorizado, hurgando en los grandes contenedores de cascotes de obras. Durante el día se iba al límite de la ciudad y se ocultaba entre matojos mirando al cielo. La sexta o séptima noche de peregrinar encontró lo que buscaba: una vieja y sólida silla de enea. También hurgó en las bolsas de basuras con la esperanza de encontrar algún cartón de vino con un sorbo, porque sabía que había gente de orden que bebía el mismo vino peleón que lo mantenía vivo. No hubo suerte. Entonces cuando se puso en marcha hacia la parte alta de la ciudad, con la silla a la espalda para llamar menos la atención.
Se detuvo y recuperó el aliento, porque la calle era empinada. Había un solar, un solar tan valioso como si el dueño hubiera encontrado petróleo en sus entrañas. El barbudo caminó sin prisa, indiferente al agudo frío que le mordía rostro y manos. A ambos lados, silenciosos edificios de pisos de lujo flanqueaban su paso como insólita guardia de honor.
El mendigo dejó la silla e inspeccionó el lugar. El solar estaba vallado, pero los chavales habían roto parte de los paneles entre piletas que formaban la valla y se podía entrar. Un último esfuerzo y se metió dentro, añadiendo al chaquetón churretes y manchones blancos. Cogió la silla a través del hueco y la arrastró.
Enormes pilares de cemento de casi tres metros de altura se vislumbraban repartidos y daban fe de la obra iniciada. De aquellos pilares parecían escapar gruesas varillas de hierro que armaban el hormigón. El vagabundo barbudo se dirigió a tientas arrastrando la silla de enea hacia la puerta frente a la que estaba el pilar más alejado del agujero convertido en ilícita entrada. En el solar, la oscuridad era más densa que en la calle.Cerca de aquella puerta, colocó la silla pegada al pilar situado metros antes, asegurándose de que permanecía estable. Miró unos segundos al cielo sin ver las estrellas y, lentamente, sacó del bolsillo del desgastado chaquetón un cable eléctrico recubierto de plástico amarillento, un cable vulgar y corriente.
Lentamente, con movimientos ralentizados, se subió encima de la silla y comprobó que estaba bien asentada. Casi por tanteo, a causa de la oscuridad apenas alterada por el reflejo del alumbrado público exterior al vallado, ató el cable eléctrico a una gruesa varilla oxidada que sobresalía de la parte superior del pilar de cemento. Hizo varios nudos. Tiró del cable y vio que eran firmes y que la varilla aguantaba. Suspiró, dio la vuelta con cuidado y miró a su alrededor desde aquel escaso altozano; no había mucho que ver a la luz de las farolas de fuera: cascotes, un profundo agujero que solo era negrura, en el que se derramarían cimientos, una pequeña excavadora amarilla en un extremo, un desordenado montón de plásticos, latas, algunos envases de vidrio...
El vagabundo de barba enmarañada hizo entonces un nudo corredizo en el cable eléctrico por el extremo que tenía en las manos, rápido, con habilidad. En la oscuridad reinante, se colocó con la espalda contra el pilar y, a duras penas por la justa longitud del cable, pasó el nudo corredizo por la cabeza, lo colocó alrededor del cuello, lo ciñó y tiró con cuidado del mismo, comprobando que estaba bien sujeto a la varilla.
Completamente quieto, estuvo un tiempo mirando fijamente los techos de pizarra de los edificios de lujo frente al solar, y se sintió totalmente ajeno al mundo. Desplazó bruscamente la silla con los pies y la silla cayó al suelo, privándole de la base que lo sostenía.
El vagabundo quedó colgado por el cuello.
Solo unos centímetros, apenas treinta, separaban los pies del hombre colgado del suelo irregular sembrado de cascotes que la noche no permite ver; suficientes para que el cable estrangule al mendigo barbudo y lo conduzca a la muerte. Pero tuvo mala suerte.
Nadie le había dicho que la muerte en una horca puede ser lenta, salvo que la caída sea brusca, la cuerda, gruesa, y el lazo hecho para partir el cuello. Y aquel cable, que lo asfixiaba morosamente, no le quebraría la nuca por su endeble diámetro. Casi lo degollaría.
Durante inacabables minutos, el vagabundo pataleó desesperado porque sufrir durante el último tiempo de vida no entraba en sus planes. Roncos estertores testimoniaron que continuaba vivo hasta que, tras un tiempo interminable, las piernas dejaron de patalear, el cuerpo cesó de agitarse y las manos ya no intentaron aflojar en vano sanguinolentas y desesperadas el lazo de cable eléctrico que le sumía en un tormento del infierno. Colgado, el cuerpo quedó relajado y el cuello, rojizo y sangrante por la herida circular. Algo de orina empapó la parte delantera del pantalón al soltarse el esfínter por la angustia de la dolorosa muerte no esperada.
El vagabundo había muerto.
Alguien vio el cadáver y avisó a la policía. Cuando algún periodista telefoneó a la oficina de prensa de Jefatura de Policía para saber qué había ocurrido en la noche urbana –oficio obliga-, fueron escuetos.
- No ha pasado nada. Esta madrugada se ha encontrado un vagabundo colgado por el cuello en un solar en construcción.
Algún diario publicó un breve de cinco líneas.