domingo, 11 de noviembre de 2007

Una indecencia

El hombre de azul oscuro con gorra de plato echó un chorro pulverizado del extintor sobre las últimas llamas. Eran las cuatro de la madrugada y la furgoneta calcinada, ahora humeante, había sido estacionada en medio de la nada. Era un descampado más allá de las últimas casas del último barrio de la zona más marginada de la ciudad.
“Trabajo de camarera en un bar de copas, pero me sentí fatal, ya sabe, la cosa de cada mes, y el jefe me dejó salir antes. No me suelo encontrar mal cuando me viene la cosa, pero…”
“Eso es irrelevante, señorita”, la interrumpió bruscamente el policía local, que abultaba como un armario ropero.
“Bueno, pues entonces, cuando estaba cerca del barrio –continuó mosqueada la moza- me pareció ver fuego, pero pensé, ¿cómo va a haber fuego en medio del campo? Fui y me acerqué, y sí, había fuego. No podía ser un accidente de coche, porque era el campo, entonces me dije, tengo que llamar a la policía y cogí el móvil…”
Otro policía de azul oscuro con chaleco amarillo chillón y fluorescente se acercaba tras inspeccionar los restos de la quemada furgoneta.
“Ahí dentro hay dos fiambres asados, bueno, muy chamuscados” explicó con cierta emoción.
“Vaya, no es que un cabrón le haya pegado fuego a su viejo vehículo para ahorrarse el papeleo de darlo de baja”, dijo el grandón.
El asunto se les iba de las manos, sólo eran guindillas municipales, y, con harto dolor de su corazón, tuvieron que dar parte a la Policía Nacional. Bueno, tuvieron que dar todo, olvidarse y continuar poniendo multas por estacionamiento indebido.
El forense determinó que los socarrados eran hombre y mujer. También aseguró que no se habían quedado por su voluntad en el interior de la furgoneta ardiente: ambos tizones humanos tenían las manos atadas con cable telefónico. A partir de ahí, se inició la investigación científica de todas las humanas guarrerías de dentaduras, adn y demás vainas, que les permitieron averiguar que los fiambres a la brasa y muy pasados eran Tiburcio, transportista de profesión, soltero, y María Asunción, peluquera a domicilio, casada con Heliodoro, funcionario municipal, de baja indefinida por depresión bipolar intermitente.
Los polis del grupo de homicidios fueron a ver a Heliodoro para comunicarle la triste y terrible noticia. Cuando los inspectores notificaron al reciente viudo que su esposa se había convertido en un tizón y había otro tizón de varón con ella, el sujeto hizo como que lloraba, se hundía y tal, pero lo cierto es que representó fatal el número del desespero conyugal.
Este cabrón sobreactúa que se sale, pensó uno de los inspectores, quien en su tiempo libre formaba parte de un grupo de teatro del barrio, al que se había apuntado por recomendación de su psicoterapeuta argentino para combatir la ansiedad que le producía en ocasiones el ejercicio de su profesión.
Los policías decidieron llevárselo a la comisaría para apretarle los tornillos, con la socorrida excusa de que necesitaban hacerle algunas preguntas. Pero nada. Tuvieron que soltarle y uno de los polis, el actor aficionado, decidió seguirle a ver qué pasaba.
El poli siguió con discreción al viudo durante unos días. El jefe del grupo de homicidios autorizó el seguimiento, porque no aparecen todos los días un par de fiambres a la parrilla. El inspector llegó a la conclusión de que la vida de Heliodoro era más anodina y aburrida que un conserje de museo instalado en un barrio de trapicheo de drogas al detall. Pero Juan Enrique, que así se llamaba el inspector, no quedó satisfecho por la ausencia de indicios de lo que fuera. ¡Aquella ausencia de dolor auténtico! ¡Aquella infame sobreactuación de película española de destape de los ochenta!
Entonces decidió girar la investigadora mirada hacia otro lado, el de las víctimas, y visitó el domicilio de Tiburcio. No se molestó en obtener permiso alguno y entró con la ayuda de un juego de ganzúas que había adquirido en el Rastro tiempo ha.
El evidente piso de solterón, desordenado y algo guarro, olía a cerrado. Juan Enrique registró el salón, el dormitorio, la cocina e incluso la minúscula terraza que daba a una calle estrecha atiborrada de automóviles de modelos pasados de moda, aparcados a ambos lados de la misma. Encontró algunas revistas puercas y restos casi fosilizados de alimentos en la nevera, pero nada que sugiriera que el muerto pudiera haber estado metido en algo sospechoso.
Antes de marchar desalentado, notó que le apretaba la vejiga con urgencia y entró en el reducido cuarto de baño para aligerarla. Encendió la luz mortecina de una polvorienta bombilla de cuarenta vatios y se dio un pequeño susto, porque creyó que había alguien. Comprobó aliviado que era él mismo, reflejado en el mugriento espejo sobre el estrecho lavabo. Echó una prolongada meada, salpicando alrededor del retrete como es habitual entre varones (policías o no), se sacudió la herramienta hasta que se desprendió la última gota (era muy cuidadoso con esos detalles) y se dispuso a salir. Pero entonces le pareció ver algo escrito en el sucio espejo. Abrió del todo la puerta del cuarto de baño y encendió la luz del recibidor, que era por lo menos de sesenta vatios.
Sobre el espejo alguien había escrito con pasta dentífrica: PARA QUE APRENDAS A NO FOYARTE A LAS MUJERES DE LOS DEMAS, CABRON.
Adulterio implícito, pensó, además de una evidente falta de ortografía, se dijo a sí mismo. Y se fue tan contento, porque había averiguado el posible motivo del doble asesinato con fogata incluida.

Volvieron a convocar a Heliodoro y está vez no sólo le apretaron los tornillos, también las tuercas, las arandelas y los remaches. Y Heliodoro, que era un varón asténico de escasa fuerza de voluntad con personalidad frágil y rudimentaria, cantó. Cantó con lujo de detalles la Traviata, Tosca, Carmen, L’ora e fuggita y los Nibelungos, y no cantó la Flauta Mágica de Mozart, porque se quedó sin aliento de tanto hablar (aparte de que estaba convencido de que Mozart era una marca carísima de perfume).
Sí, confesó, él había escrito la dentífrica pintada en el baño de Tiburcio. Había entrado en le piso con la llave del finado que tenía su no menos finada mujer. Sí, reconoció, estaba al tanto de que su mujer, Maria Asunción, se entendía, sexualmente hablando, con Tiburcio, con quien copulaba por lo menos dos veces por semana, según le había reconocido su extinta esposa. No, no le importaba la adultera coyunda, de hecho le iba bien, porque de ese modo su mujer no le daba la vara reclamándole el débito conyugal y él se podía deprimir a su aire tan ricamente. Él no estaba para trotes sexuales a causa de una impotencia coeunde (es decir, que no conseguía levantarla ni con grúa), causada por la bipolaridad depresiva y la consiguiente terapia farmacéutica. Es más, Tiburcio tenía el detalle de hacerle llegar de vez en cuando algún regalito que otro por los cornupéticos servicios prestados.“¿Entonces porque los mató?, preguntó completamente confundido el policía-actor. “¿Y porque dejó una pista tan clara en el espejo del muerto?”, metió baza el otro (el que no era actor aficionado), que por cierto tenía un nariz como un picaporte (lo que le había creado cierto complejo de marginado en el Cuerpo), pues percibía que quedaba fuera de juego.
“Lo escribí para despistar, pero calculé mal”, contestó a la segunda pregunta Heliodoro. “Pensé que averiguarían enseguida que yo era un consentido y creí que esa pintada les confundiría”.
“Alma de cántaro, intervino el otro poli, que no estaba dispuesto a quedar fuera del ceremonial indagatorio. ¿No ve que hemos ido a parar a usted en un santiamén? ¿Por qué le mató si no le importaba que se tirara a su señora e incluso le estaba agradecido?”
“Porque quiso hacerme chantaje”
Los polis se miraron con el compartido interrogante de no entender nada, habida cuenta de que sabían que no estaban beodos, pues hacía horas que no probaban ni una gota por estar de servicio.
“A ver, a ver, ¿de qué coño nos habla? Ah, y por cierto”, le aclaró el policía actor, “que se lo quería decir hace rato: ‘foyarte’ está mal escrito, es con elle, follarte. ¿Comprende?”
“Sí, pero ya sabe que en Madrid confundimos el sonido ye con la elle, mejor dicho, no sabemos pronunciarlo. En cuanto a lo del chantaje, les digo la verdad”
Heliodoro bebe un largo trago de agua del vaso que le han puesto hace un rato, cuando parecía que se quedaba sin habla de tanto que había cantado. Dejó el vaso medio vacío sobre la mesa metálica gris del cuarto de interrogatorios y se dirige ora a uno ora a otro policía, para que ninguno se moleste por ignorarlo.
“El tío no se conformó con lo que tenía, que era beneficiarse a mi María Asunción que, no es por presumir, pero estaba más buena que el pan. Hace unos días vino a decirme que le tenía que pagar bastante dinero en concepto de daños y perjuicios. Primero aluciné y luego lo eché a broma, porque Tiburcio era muy patoso gastando bromas, y finalmente como lo vi muy convencido, le pregunté que por qué regla de tres tenía que pagarle”.

“Porque tu querida mujercita me ha pegado un VPH de cojones”, me explicó. “Yo, claro, no tenía ni pajolera idea de qué me hablaba. Primero pensé que era el sida ese, pero me percaté de que las letras no eran las mismas, el otro es VIH. Pero como Tiburcio era bastante bruto creí que era un error propio de un medio analfabeto. Pues no. Las letras esas significan ‘virus de papiloma humano’. Y yo me quedé de piedra”
“Pero, ¿qué nos cuenta usted, coño?”, dijo cabreado el poli narizotas, sobre todo porque no entendía un carajo de qué leche les hablaba el sospechoso.
“Lo que yo les diga. El virus de papiloma humano se instala en cualquier lugar, pero en las señoras tiene tendencia a hacerlos en sus partes bajas y blandas. ¿No sé si me comprenden?”
“Claro que te entendemos, capullo”, abandonó la cortesía y los buenos modales el poli de la napia descomunal, “¿o crees que somos tontos?”.
“No, no”, aclaró algo acojonado Heliodoro. “El caso es que Tiburcio dijo que había contraído uno de esos VPH en la boca, ¿saben?”.
“¿Y que tenía que ver el papiloma de Tiburcio con tu mujer?”, interrogó el poli-actor. Heliodoro vaciló.
“Pues que una de las prestaciones sexuales que mi mujer le exigía era… el cunilinguo”, explicó atribulado el cornudo y presunto asesino.
“¿Qué?”, volvió a cabrearse el de la gran nariz que, por cierto, atendía por Torcuato José. Pero su compañero entró al quite, porque no tenía ganas de bronca y sí de acabar de una puta vez, que tenía ensayo a primera hora de la tarde.
“Lametones en los genitales exteriores, Torcuato. Cunilinguo es…”, quiso esclarecer el poli actor.
“… comerle la cosa a una mujer, ¿no?”, se dio por enterado Torcuato José. “Joder, que refinados con la palabrería”.
“Sí”, ratificó Heliodoro. “El caso es que Tiburcio le atribuía a mi mujer ese contagio y, al querer saber yo por que razón tenía que pagarle nada por un simple papiloma vírico, me insistió con cara de circunstancias que el riesgo de contraer cáncer de boca era más elevado si tenía un VPH, por lo tanto…”
“Complicado el asunto”, incidió Torcuato José, impresionado y calmado del todo.
“El caso es que Tiburcio estaba convencido de que era así, pero yo podré ser bipolar, pero tonto no, y también me documenté en Internet, leyendo artículos médicos y todo eso Y averigüé que lo dicho por el finado era cierto, pero no exactamente cómo me lo había contado
“Y ¿cómo era?” preguntó ya aburrido Juan Enrique
“Pues que para que mi mujer le hubiera contagiado el papiloma vírico humano en la boca, Tiburcio tenía que haber practicado el cunilinguo seis o siete veces por semana.
“¿Y?”, interpeló el policía Juan Enrique.
“Que eso ya me pareció un abuso, una indecencia en realidad. ¡Y encima quería cobrármelo! Entonces decidí matarlo”.
“¿Y por qué también a su mujer si había consentido su adulterio hasta entonces?
“Por viciosa”.
Heliodoro se pasará unos cuantos añitos en el talego hasta que le den el primer permiso penitenciario. Por moralista.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Avisad a mi madre

Las muñecas le sangran con abundancia, pero el majadero ríe. No lo hace con estruendo, como sería propio de un loco, sino con cierta suavidad, pero el muy cretino se ríe. Y está loco.
Esa es la razón por la que está internado en la planta de psiquiatría de la enfermería de la cárcel. Esa planta es la tercera del edificio de la enfermería; en las otras dos hay pacientes con otras dolencias y patologías, pero no están chalados. O no consta. A Antolín lo encerraron ahí en cuanto llegó.Le pegó una paliza a su madre, ya mayor, y los vecinos de al lado, hartos ya, vencieron el miedo miserable que induce a no meterse nunca en los problemas de los demás y llamaron al 091.
La madre quedó con el brazo izquierdo roto, la mandíbula desencajada, moretones por todo el cuerpo, el rostro sangrante, dos dientes rotos y, sobre todo, un dolor en el alma que nadie podría describir. Y Antolín fue a parar ante un juez que lo facturó de inmediato para la prisión.
Hace ya un mes y medio que está encerrado.
La tercera planta de la enfermería es la única que está completamente chapada, cerrada en la jerga carcelaria, y los pirados que en ella residen no pueden salir si no van acompañados de alguien del servicio médico, funcionario de prisiones o un interno de apoyo, un preso que ayuda a los locos que no está mal de la cabeza y que vive con ellos.
Antolín ríe, mientras la sangre que mana de sus muñecas, cortadas con una lata de coca cola despanzurrada, se mezcla con el agua de la bañera, formando un charco entre rojo oscuro y varías gamas de rosáceo, porque Antolín se ha metido en la tina, aunque parece improbable que lo haya hecho para no manchar.
“¡Antolín!” ¿Qué coño estás haciendo?
Quien vocifera sin disimular la preocupación angustiosa es Rafael, un interno de apoyo que descendió a lo más profundo de los infiernos y sale lentamente desde que está en la cárcel. Un funcionario y un enfermero se acercan con rapidez al estrépito de los golpes en la puerta y las risas que suben de volumen y se desquician.
“¿Qué pasa?” – interroga el funcionario.
“Antolín está ahí dentro y no quiere salir” explica el preso de apoyo.
“¡Antolín!, grita el funcionario, abre en seguida o de ésta te envío a Herrera de la Mancha”
Cesan las risas y a los pocos segundos se oye el roce de algo contra el metal y se abre la puerta.
“¿Cómo coño ha podido encerrarse?, pregunta el funcionario de prisiones a Rafael”. El preso se encoge de hombros. “Hay unos cuántos modos de hacerlo sin necesidad de ser ingeniero”.
“La próxima vez, estate al tanto o serás tú el que salga disparado a otro centro penitenciario”, gruñe el funcionario.
Rafael vuelve a encogerse de hombros.
Por la puerta abierta se ve a Antolín y al enfermero que ha entrado y le venda con precipitación una muñeca con un pañuelo.
“Ayúdame”, le pide el sanitario a Rafael. Éste le ofrece otro pañuelo sucio con el que el enfermero le hace apresuradamente un torniquete sobre la otra muñeca.
“Que alguien limpie todo este cristo” ordena el funcionario sin dirigirse a nadie en particular. El cuarto de baño está inundado de agua sucia rojiza y rosada.
Al llegar al cuarto de curas, Antolín se zafa del enfermero que le sujeta los brazos mal vendados con pañuelos y se da cabezazos contra un armario metálico hasta que le sangra la frente. El funcionario, que los ha acompañado hasta la puerta entra en tromba, coge a Antolín por el cuello, le da golpes detrás de las rodillas hasta que el preso cede y cae al suelo.
“¡Pedid ayuda!” exige al enfermero y al preso de apoyo.
Unos cuantos minutos después, Antolín está atado sobre una camilla en tanto que el enfermero le cura los cortes de las muñecas y otro le inyecta un sedante en el brazo.
“Avisad a mi madre de lo que ha pasado” dice poco antes de que el fármaco le sumerja en una estado de duermevela inconsciente.
“Pero ¿qué coño busca este tío?”, quiere saber el funcionario, que es banstante novato y se ha quedado junto la puerta todo el tiempo.
“Llamar la atención, por eso quiere que se lo digamos a su madre”. Le explica Rafael.
“¿Y eso?”, inquiere confuso el funcionario.
“La pobre mujer no tiene un duro y no le puede ingresar dinero en el peculio*, explica el interno de apoyo, pero a Antolín eso no le importa y la chantajea con estos numeritos para que la mujer se sienta culpable”.
“Además de loco este tío es un cabrón con pintas”, sentencia el funcionario.
Antolín duerme por fin, pero no es el sueño de los justos.

*La cuenta corriente que los presos tienen en la cárcel, donde se les guarda el dinero que posean

miércoles, 10 de octubre de 2007

El muerto no está


La fosa estaba vacía. Vacía de verdad. Donde antes se veía una carísima y hermosa losa de mármol rosaceo veteado de gris con gruesas letras doradas, ahora sólo había un hueco de dos metros diez de largo por metro sesenta de ancho y ochenta y cinco de profundidad.
Y, por supuesto, el ataúd no estaba.
Un ataúd que no debió costar sacar de la tumba, porque el enterrado fue bajito y enteco en vida, y al morir aún encogió más. El auxiliar de sepulturero salió veloz y escandalizado del lujoso panteón. “¡Han robado el cadáver del ilustre prócer! ¡Han robado un muerto!”
Al día siguiente, la viuda el prócer recibió una extraña llamada telefónica. Debía depositar medio millón de euros en el lugar que se le indicaría, si quería recuperar el cadáver de su esposo.
“Estos tíos están locos. ¿Qué coño se han creído, que he aguantado lo que no está escrito para darles las perras a cuatro muertos de hambre?”, proclamó ante la vieja mucama que le había visto nacer. (En realidad no, la criada era una ecuatoriana sin papeles que su marido contrató cuando enfermó, pero ella era una mujer fantasiosa muy dada a los desvaríos propios de las novelas románticas).
Por supuesto que no pensaba pagar ni un duro por el muerto. Tenía fotografías, tenía vídeos en los que aparecía el fallecido, ¿para que quería un cuerpo que no tardaría ni tanto así en pudrirse?
Las fuerzas policiales se pusieron en marcha para esclarecer los hechos y, en cuanto fuera posible, detener a los responsables de tan descastado delito, pero de pagar nada de nada; en eso estaban de acuerdo con la viuda, no por nada concreto, sino porque era la costumbre.
“Los secuestradores del fiambre del prócer son tontos del haba”, sentenció el inspector encargado de la investigación. “Aquí no cuenta el factor tiempo, clave en cualquier secuestro que se precie, porque el cadáver no va a crear problemas ni se les va a morir. Lo que si hará será deshacerse con una peste que ni te cuento”. “Son gilipollas”, remachó. “Sólo por eso deben ser detenidos y entrullados”.
En meses anteriores, habían entrado a saco en varias tumbas y las habían vaciado. Profanado, decían los periódicos. Misterio. ¿Por qué una guarrería así? Pero, por suerte para la policía, eran tumbas de gente sin posibles, gente normal, gente corriente, que, de no sonar como chiste de mal gusto, se hubiera dicho que no tenían donde caerse muertos. Luego, apareció disperso por diversos lugares de la ciudad el saqueado contenido de las fosas en diversos y variados grados de putrefacción. Dos cráneos aparecieron cerca del río; un tronco de varón de avanzada edad (aún con bastante carne) se encontró entre las ramas bajas de un roble; un par de piernas aún en buen estado, tiradas sobre un banco del parque… Aparte de la histérica difusión de rumores, fantasías y psicoparanoias varias por toda la ciudad, en realidad no se había movido un dedo para averiguar lo ocurrido, por qué había sucedido y, sobre todo, quien había sido el cabrón o enfermo mental responsable de tan macabras acciones. Pero, claro, pignorar el cadáver de un prócer... eso era harina de otro costal.









La policía de todo el mundo, cuando no sabe qué coño pasa, detiene a unos cuantos pringados para salvar la cara. El modelo a seguir lo marcó el jefe de policía de Casablanca, en la película del mismo nombre.
Cuando Rick le pega un tiro a un oficial de las SS y llegan unos policías al lugar de los hechos, el capitán Renaud (jefe de policía) explica y ordena a sus subordinados: “Han matado al mayor Strasser. Arresten a los sospechosos”. Bueno, pues los polis encargados de resolver el caso del secuestro del cadáver del ilustre prócer hicieron tal cual, y metieron entre rejas a unos cuantos chorizos y amigos de lo ajeno, porque en algún momento de su errática y jodida vida se habían dedicado a robar tumbas, panteones e incluso establecimientos de pompas fúnebres; que hay que tener cuajo para robar en una funeraria. No tenían demasiada fe en esas detenciones, pero hacían algo, y, mira, tú, igual sonaba la flauta por casualidad. Y la flauta sonó.
Sabido es que los delincuentes se caracterizan por un escaso sentido de la ética, así como por una reducidísima conciencia moral y, además, son unos chivatos del copón. Como esa vocación de acusicas parece pareja con la de quebrantar la ley, alguno de los arrestados señaló a Doroteo, un mangante de tres al cuarto que no estaba en sus cabales.
¡A bodas me convidas! La poli montó un operativo por todo lo alto, avisó a las teles (para que constara su veloz eficiencia en vivo y directo o diferido), se dirigió rauda y armada al barrio marginal de ‘Las Piltrafillas’ y rodeó la barraca del Doroteo.
Cogido por sorpresa, el chorizo no pudo huir. Los maderos encontraron en el interior de la choza inmunda un busto en bronce del prócer que había presidido el panteón, prueba circunstancial, pero irrefutable, del delito. También encontraron un diario personal en el que el desgraciado había descrito (con numerosas faltas de ortografía y aún mas de sintaxis) sus fúnebres latrocinios, así como un esqueleto completo (que resultó ser falso, de poliuretano) y un libro de Iker Jiménez (firmado por el autor) en el que el televisivo augur demostraba que los muertos nunca mueren del todo. Pero del occiso, nada de nada.
¿Y el cadáver del prócer? Le había salido mal la jugada, confesó asustado, porque la viuda no estaba dispuesta a soltar ni calderilla para conservar los mortales restos del que fuera su esposo. Y eso que él fue transigiendo en posteriores llamadas telefónicas -les explicó- hasta aceptar devolver el muerto por dos o tres mil euros que le servirían para salir del mal momento que estaba pasando y no hacer el ridículo ante sus compañeros del hampa. Pero ella, que era un mujer muy dura, que ni hablar. Entonces, por no saber qué hacer, tiró el cadáver al río, porque, además, atufaba hasta el desmayo.
En un descuido de los polis que registraban concienzudamente el inmundo tabuco, Doroteo, humillado por su fracaso, intentó quitarse la vida ingiriendo de golpe una botella de orujo gallego, pero la rápida intervención de un madero le salvó, porque apenas le dio tiempo de beber el equivalente a un par de chupitos. Después, y habiéndole permitido beber con moderación un par de chupitos más para ahuyentar el disgusto, confesó entre hipidos y sollozos etílicos que el prócer le había arruinado la vida cuando lo despidió tres años atrás de una de sus empresas, y con el secuestro sólo intentaba sacar algo de pasta por los escuálidos restos mortales de quien le había jodido vivo, que total ya estaba muerto. Un poco de dinero para ir tirando. Doroteo no explicó a los polis que él sólo fue uno más de los seiscientos ochenta y siete currantes que fueron a la puta calle cuando el prócer trasladó la fábrica a Laos, porque allí podía pagar unos sueldos aún más de risa.
¿Y la viuda? Tan ricamente, porque ya tenía el pretexto perfecto para no ir al cementerio: no estaba el muerto. Finalmente, agradecida, le metió a Doroteo en el peculio (la cuenta corriente de los presos de la cárcel) algo de dinero. Y es que a ella le daba un yuyu tremendo ir a los camposantos.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Mamá no sufrió, a Dios gracias

“Ves mamá, tanto ahorrar para qué. El dinero es una enfermedad para ti. Puro vicio. O ansiedad, no sé. No lo necesitas, mamá. Tienes tres pisos y los alquileres te dan más de lo que necesitas, además de las letras del tesoro que compraste hace años. No dan mucho, es verdad, pero es algo seguro. Ya quisieran muchos. ¿Para que quieres más?”
La señora interpelada presume de madame, aunque en realidad es auxiliar en trabajos de puterío, pero empezó de puta, sin más. Entonces era joven y aparente, si bien, tal como son los tíos, no hay que ser la Venus de Milo para dedicarse al putiferio y sacarse unos cuartos.
Antolín, sentado en uno de los sillones de polipiel de la sala de estar, mira a su madre estirada en el sofá y cubierta hasta la barbilla con una manta de material sintético que imita piel de tigre. La madre no le mira ni le responde.
Antolín trabaja en un almacén de materiales de construcción y vive con su madre, aunque ya suma 43 primaveras. Mamá cumplirá lo setenta y hace años que alquila una habitación de la vivienda familiar a prostitutas jóvenes con clientes más o menos fijos. El servicio está muy solicitado y le da a la vieja sus buenos euros. Y Solbes sin enterarse. El alquiler por una hora (o más, si el varón es fogoso o se cree un garañón) incluye el uso del cuarto de baño, sábanas limpias y, si las rabizas son descuidadas y no disponen de protección, condones de varios formatos, colores, sabores y calibres.
Antolín miró a su madre y cabeceó. Olía muy fuerte a ambientador barato, dulzón, un olor desagradable.
Bien que había intentado desde hace años que mamá cambiara de trabajo, porque él no se sentía bien con aquel trajinar de coños y tíos calientes; le daba vergüenza. Un día, hace unos años, desesperado, consiguió una Biblia y pretendió leérsela para acojonar a la vieja con el infierno, pero, como no era ducho en la materia, ignoraba que la Biblia es en numerosas páginas un libro subido de tono.
Abrió el sagrado libro por donde no debía y le leyó a su madre, sin ser muy consciente, el pasaje en el que dos ancianos rijosos espiaban a la casta Susana desnuda y pretendían montárselo con ella. ¡Para que contar más! Su madre, no sólo se rió sino que quedó más convencida de que hacía lo que debía.
Antolín, un poco harto de los recuerdos que le aturden, se alejó de su madre y encendió el televisor. En pantalla, un grupo de hombreas y mujeres, sentados en círculo alrededor de nada, hablaban a gritos sin escucharse. Una mujer muy mayor que parecía un espantajo se levantó de la silla, echó mano al bolso y sacó de su interior un ladrillo de dimensiones respetables. Varios contertulios de aquel ceremonial desquiciado se echaron encima, la sujetaron e intentaron calmarla. Antolín apagó el televisor, sacó una botella de coñac del mueble del comedor y bebió un lingotazo sin usar ningún vaso, mientras miraba de soslayo a la madre, que no dijo nada, por supuesto.
Aquel día diferente, una pareja fue a casa. No era nada nuevo, pero aquellos dos eran especialmente desagradables. Ella era una rubia pajiza teñida, delgada, pero con caderas demasiado anchas; él era cabezón, con cara de bruto y abundante barriga cervecera, que vestía un traje azul claro con chaqueta cruzada que le sentaba como dos pistolas a un Cristo. Su madre, todo mieles, les hizo la pelota un par de minutos, como hacía siempre. La pareja se metió en la habitación y a los seis o siete minutos se oyeron, como solía ocurrir, los gemidos y ronquidos de costumbre; intensos y desbocados los del hombre, más falsos que un duro sevillano los de la mujer.
Antolín, con el paso de los años, para distraerse y olvidarse de la vergüenza que sentía, había hecho una tabla mental de los grados de habilidad en la simulación de gritos de placer de las putitas. La rubia desleída apenas sacaba un cuatro en el baremo de Antolín. O sea que suspendía.
Cuando la pareja se marchó, él satisfecho y con algo menos de dinero en la cartera, y ella con sesenta euros más, pero un tanto escocida, Antolín le pidió a su madre que lo acompañara al salón de estar. “Tengo que enseñarte una cosita”, le sonrío como un memo. “Ya estás otra vez con tus majaderías y simplezas. Madura, hijo, que tienes una edad”, se quejó la anciana, pero se dirigió con él a la sala.

“Siéntate en esta silla, madre. Quiero que estés cómoda. Verás que sorpresa”, le dijo Antolín cariñoso, mientras le sacaba una silla de las que flanqueaban la mesa del comedor. La mujer se sentó mascullando improperios. Sintió frío; había empezado el otoño y, como siempre, el frío había irrumpido sin avisar. “Date prisa, Antolín, que no tengo toda la noche para perder en tus gilipolleces”, soltó a vieja.
“Cierra los ojos, madre, cierra los ojos”, suplicó Antolín. Este chico es tonto y no tiene remedio, se auto compadeció in mente la incomprendida madre.
Una mano fuerte, la mano de alguien que trastea con bultos y paquetes pesados todos los días, le metió de golpe en la boca una toallita; una mordaza muy eficaz. Una de esas toallitas que usan las putas para limpiarse los bajos cuando no consiguen convencer al cliente de que es mejor hacerlo con preservativo. En la casa había muchas de ésas. La vieja intentó gritar, pero no logró exhalar ni un gruñido. Y no hubo más.
Un estrecho y agudo estilete (tal vez un hortera abrecartas), afilado para la ocasión, había penetrado veloz y silencioso en la nuca de la mujer. ¡Sssssssssssssssssmmmmmmmmmmmm! En menos de un segundo, la madame pasó de puta vieja retirada a cadáver. Se convirtió en nada.
Un delgado reguero de roja sangre, que se oscurecía por momentos al combinarse con el oxígeno del aire, se deslizó sin demasiadas prisas por la viejuna espalda, aprovechando el escote trasero. El cuerpo ya sin vida de la vieja, privado de toda energía, se escurrió por la silla de recto respaldo hacia el suelo como un fardo informe, siguiendo fielmente la ley de la gravedad. Antolín sujetó lo que quedaba de su madre y acompañó la suave caída del cadáver. Entonces lloró, lloró con un sentimiento herido y profundo. Lloró durante mucho rato hasta que casi se le secaron los lagrimales. Porqué él no quería matarla. ¿Cómo iba a querer si era su madre?
Pero su madre se portó mal con él, muy mal. Primero ese sucio negocio que se obstinaba en mantener, aunque no lo necesitaba para vivir. Y que le había destrozado la vida, dominándolo, decidiendo por él. Y para que perdiera la virginidad, organizó una orgía con tres putas con las que ella tenía más confianza. “Para que te espabiles de una vez, atontado, que estás atontado y te van a salir calostros ahí de no usarlo”.
Nunca había pasado tanta vergüenza, sobre todo cuando una de las chicas, una mulata de tetas enormes y culo en pompa, se rió de él, porque dijo que tenía el pene pequeño. ¿No decían que el tamaño no importa si mide más de siete centímetros? Él lo había oído en la tele y el suyo medía ocho y medio; lo había comprobado con un pie de rey de cuando estudiaba oficial tornero.
Sin embargo, aunque su madre se portó mal con él, él fue considerado, fue un buen hijo hasta el final. Sabía que una puñalada certera en la nuca era instantánea, fulminante. Él no quería que mamá sufriera y no había sufrido. Ya se había preocupado él de ensayar los días anteriores con una sandía pequeña.
Había pasado casi un año y aún no había conseguido eliminar el mal olor, a pesar de usar todo tipo de ambientadores, incluso cal viva, pero ni por esas. Claro que él hacía de tripas corazón y todas las tardes se sentaba a su lado y tenía su charla con mamá; total en la tele no daban nada que valiera la pena. Aunque él sabía que no servía de nada, porque siempre había sido muy tozuda. A las putas que llamaban para pedir la habitación les decía que mamá se había ido a Canarias, porque el clima allí siempre es verano.

sábado, 22 de septiembre de 2007

La tentación de la carne y la liberación

De nuevo las angustias le oprimen el pecho. Parece que se tambalea, se detiene asustado y apoya la mano en un castaño de los que flanquean la calle. Otra vez no, otra vez no. ¿Cuándo se acabará esta tortura? Respira muy hondo.
Cierra los ojos y parece recuperar el equilibrio. Con suma cautela, los abre de nuevo con lentitud, adelanta el pie derecho con prudencia, se separa del sostén del árbol y reanuda la andadura sin prisas. Parece que está bien. Suspira y mira al frente.
La mujer joven le ha sobrepasado con garbo. El tipo ha estado siguiéndola, pero yendo por delante, con disimulo, manteniendo la misma distancia desde que la ha descubierto, sin que ella se diera cuenta. Ella viste ceñida y escotada, y lleva una escueta minifalda que permite contemplar dos muslos tersos dorados por el sol.
El hombre la ha adelantado antes para enredarse los ojos en el pecho contundente. Al andar, las nalgas se le mueven a la hembra con brío y ritmo de bailongo latino. El hombre se pone en marcha acelerado y, cuando está cerca de nuevo, apenas dos metros tras ella, afloja prendado, agitado, excitado, vencido, la mirada atrapada en el sensual trajín de nalgas, en el taconeo alegre. Él nota una clara alteración, un movimiento que crece en el vértice donde se unen las piernas. Se irrita, se agita, cabecea con ira, ronca, se para. La mujer se aleja a su aire, despreocupada, ignorante de la tormenta que desata.El hombre, cuarenta y muchos otoños más o menos vividos, acelera el paso de nuevo, se siente ridículo y se arrepiente de ir tras la mujer como garañón tras la yegua, hasta sobrepasar con creces a la joven por segunda vez. Unos metros más allá, se vuelve, como si hubiera olvidado algo, se recuesta en un farol y la mira, perdido, vencido, entregado, salido, ardiente.
La moza, espléndida, tentadora, arrebatadora, busto erguido muy escotado, continúa su marcha sin parar mientes en la borrasca que desencadena. El hombre deja que lo rebase, babeante, fascinado por la salvaje belleza de la muchacha. Como si estuviera cataléptico, mete ambas manos en sendos bolsillos del pantalón y sujeta con rabia el ya erecto falo. Pero parece despertar y arranca a correr con mirada trastornada. Pierde el equilibrio y, como tiene ambas manos muy ocupadas, no puede aminorar el golpe y se da un leñazo de impresión. ¡Que ostión, Jesús! Deja un par de piños sobre la acera y se endereza sin darle importancia. Ignora la compasiva solicitud de los viandantes que pretenden socorrerlo y, sangrante y dolorido, continúa su desquiciada carrera.
Llega al portal de su casa, saca la llave y apenas consigue abrir. Sube como alma que lleva el diablo por las escaleras, sin sosiego para esperar el ascensor. Dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho pisos más arriba, el hombre, que por cierto se llama Mariano, desfallece, resopla como un cachalote en celo cuando tiene cerca la cachalote hembra, y se entrevé que los pulmones pugnan por huir por el morro boqueante. Derrengado, exhausto, derretido, consumido y deslomado, llama al timbre de la segunda puerta de la derecha, sin ganas, ánimo ni tiempo para seleccionar el llavín de casa del manojo de llaves que lleva. Una mujer bajita, redondeada, de cabeza cana y mirada despistada, abre la puerta. “Has vuelto a olvidarte la llave, hijo. ¿Qué te pasa?”, añade asombrada y asustada por el rostro sudoroso y perturbado del hombre. Éste no le hace caso y va como una exhalación, sacando fuerzas de flaqueza, hacia la puerta que resulta ser el cuarto de baño. Entra y se cierra por dentro.
“¡Señor! ¿Otra vez lo mismo? Hijo, que eres muy mayor para hacer según qué. Anda, déjalo ya”. “Nunca más, madre, nunca más” se oye entre sollozos agónicos y, a continuación un grito feroz de dolor, de sumo sufrimiento, de tortura, de compunción.
La madre empuja la puerta, a sabiendas de que es una débil mujer, pero como el cerrojo lleva ni se sabe cuanto tiempo estropeado, que tendría que haber avisado al cerrajero hace meses, a ver si mañana lo llama de una puñetera vez, la puerta cede.

Sentado en la bañera, roja de sangre, como rojo también el suelo, su hijo la mira hipnotizado. En la mano derecha, la sanguinolenta navaja de afeitar; en la izquierda, el pene de su vástago, limpiamente sajado; en la conjunción de ambas piernas un chorro de sangre ni demasiado intenso ni tampoco lento.
“Madre, avisa a un médico, no vaya a quedarme sin sangre”, solicita atontado y debilitado. “¿Qué locura has hecho, hijo?" dice horrorizada la anciana. “Ya no volveré a pecar. Nunca”, proclama triunfal, pero decaído, el ya eunuco que vive con su santa madre a sus casi cincuenta años.
“¡Hijo, eres imbécil! Y perdona que sea tan directa. ¿Qué pecado ni qué otra gilipollez? Sabía que no te convenía ir con esos tíos que salvan el mundo. A ver como te apañas sin eso. ¿Y a quién vas a salvar, alma de cántaro, por estar capado? Y con lo que debe doler”, finaliza compasiva.
Y la mujer se acerca suspirando, desconcertada, confundida, llorosa y sin prisas al teléfono y marca el teléfono de urgencias, mientras su hijo se desangra con lentitud y elegancia.
Mariano fue ingresado en el hospital a tiempo y salvó la vida, pero no el pene. Se quedó sin rabo delantero, un órgano que, como es sabido, si se pierde (sea cual fuere la causa), es irrecuperable.

martes, 18 de septiembre de 2007

Más natural

Vislav y Dromovic estaban en el bar de siempre. Dromovic, con un café ante sí, leía un grueso mamotreto de folios encuadernados con una espiral. Vislav bebía una jarra de cerveza.
“Fíjate, Vislav, en México se han encontrado y estudiado más de veinte mil huesos de hombres mujeres y niños”. “Qué interesante”, dijo Vislav sin el menor interés. “Oye esto: un nutrido equipo de antropólogos han estudiado extrañas marcas en esos huesos”. “Apasionante”, eructó el gas cervecero Vislav sin prestarle la menor atención”.
Dromovic lo miró con cierta desesperación y continuó leyendo sin hacer comentarios hasta que lanzó un sonoro ¡joder!
“¿Qué pasa ahora? ¿Te has pillado un huevo con la silla?”.
“Escucha” e iba a leer en voz alta, pero se interrumpió y miró a Vislav con fijeza. “¿Tú no ibas a estudiar Antropología? No entiendo por qué no te interesa esto.” “No exáctamente, listo. Voy a matricularme en Antropología, que no es lo mismo, para que mi padre deje de darme la brasa”
“¿Y eso?”
“Si no estoy matriculado en algo, el viejo me retira la pasta, y como esa carrera es la que hubiera estudiado de haber podido…!
“Eres un jeta.
“No más que otros, pero si te has de sentir mejor, cuéntame el rollo de los huesos. Igual aprendo algo”.
“Los antropólogos han llegado a una conclusión: las marcas en los huesos son de mordiscos”.
“De fieras, de leones y otros bichos, claro”, intentó Vislav simular que le interesaba el tema.
“No, tío. Marcas de bocados humanos”.
“¡Anda ya! Estás pedo, tío”
“No, el que pronto lo estará eres tú”, replicó el otro al observar la segunda jarra que un camarero ponía ante su amigo. “Se comían unos a otros. Eran caníbales.”
“Me estás vacilando, tío”.
“En absoluto, dijo muy serio Dromovic. Eran caníbales a tiempo completo, no sólo de vez en cuando”.
“Joder, joder” susurró Vislav ya sin tomárselo a chacota.
“Aseguran que el canibalismo era normal en América antes de la llegada de los españoles. Total, hace seiscientos años mal contados. En México, por ejemplo, se ofrecían los corazones de las víctimas a los dioses, pero el resto del cuerpo no. Lo cocían con maíz y el guiso se repartía entre los que participaban en el acto ritual. Incluso han encontrado recetas de cocina para carne humana. ¡Qué fuerte! Ah, y la carne humana no se comía asada; la ponían en una especie de cocido. Según un fraile de la época, la carne humana ‘sabía como la de cerdo’. Oye ¿como leches lo sabía ese fraile?”

Vislav fue veloz hacia la barra y regresó con otra jarra de cerveza, pero de litro. “Joder, me dan ganas de potar, tío. Cállate de una puta vez”. Pero Dromovic, que se lo estaba pasando de cine, continuó leyendo párrafos de lo que a su amigo le sonaba a vomitivo relato gore. “¡Ay va, la ostia! También han descubierto más de 2.000 herramientas hechas con huesos humanos. Punzones, arpones, instrumentos musicales…Toda una industria artesana." Y el muchacho reía con el mal rato de su compañero, quien siempre era el fuerte, el lanzado.
Varias jarras de birra después, Vislav regresaba a casa haciendo eses. Estaba muy borracho, pero un rastro de lucidez le indicaba que si llegaba a casa en ese estado, su padre lo pondría a caldo. Al caer en la cuenta de la frase hecha que le había venido a la mente, tuvo una intensa arcada y vomitó lo que no está en los escritos.
Caminaba vacilante junto a una valla enrejada de gruesos y artísticos barrotes, apoyándose en ella hasta que la mano con la que se guiaba encontró vacío y Vislav cayó cuan largo era. Se levantó blasfemando y continuó dando tumbos. “Buscaré un rincón para dormir un poco”, dijo a nadie, pues estaba solo en medio de alineados árboles y cuidados matorrales, que flanqueaban bien trazados caminos de tierra apretada.
Topó con otra reja, de barrotes más delgados y no tan artísticos como la primera, y subió con esfuerzo por unas rocas que había a un lado y formaban una especie de escalera natural. Arriba perdió pie y cayó al otro lado de la reja. Blasfemó, se enderezó y fue dando tumbos hacia un lugar que le pareció resguardado. Se desnudó, dobló la ropa, la colocó a un lado y se estiró. Le pareció oír una especie de gruñido en algún lugar, pero estaba tan trompa que se durmió de inmediato.
Tal vez por eso no se percató de que Antón y Antonia lo observaban.
No decían nada, ciertamente, sólo lo miraban. Tampoco hubieran podido decir un carajo, porque Antón y Antonia era una pareja de osos pardos, residentes en el zoológico de la ciudad, traídos de la Europa central.
Sin prisas, agarraron con sus garras al beodo y dormido Vislav de los pies y lo arrastraron hasta un rincón del enrejado lugar.
A la mañana siguiente, cuando Moreno y Morales, dos inmigrantes ecuatorianos con contratos temporables, fueron a la jaula de los osos pardos para echarles la comida, como hacían cada día, palidecieron. Palidecieron tanto que parecían personajes de cómic sin colorear. En el rincón donde solían comer Antón y Antonia, estaba la sanguinolenta cabeza de Vislav, varios enrojecidos huesos desperdigados con restos de carne y una desigual mancha de sangre que oscurecía. En otro punto de la jaula, había un montoncito de ropa doblada y un par de zapatos.
Cuando Moreno y Morales penetraron en la jaula para recuperar lo que restaba del cadáver de Vislav, adecuada y reglamentariamente protegidos y armados con sendos palos con un tridente en la punta, los osos se cabrearon mucho. Se cabrearon, porque quienes les daban la comida cada día pretendían interrumpir el desayuno con los restos de la cena de la noche anterior, una cena conseguida por ellos, como cuando estaban en las montañas.
Vislav estaría contento de haber podido saber cómo había acabado: se lo habían comido unos osos, que era algo más natural.